domingo, 3 de marzo de 2013
Cap 68 (Michelle Rojas 8-1)
Apenas él le armaba el poema, a ella se le golpeaba el camisón y caían en hendijas, en salvajes animales, en sustos exasperantes. Cada vez que él procuraba reclamar las incoherencias, se enredaba en un pensamiento quejumbroso y tenía que correr de cara al aser, sintiendo cómo poco a poco las ardillas se bañaban, se iban alternando, cumpliendo, hasta quedar tendido como el tigre al que se le han dejado caer unas semillas de cas. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se torturaba los pensamientos, consintiendo en que él aproximara suavemente sus ofensas. Apenas se entrelazaban, algo como un cocodrilo los acorralaba, los presionaba y observaba. De pronto era el clima, las condiciones convincentes de las bellezas, la gente pasiva del sol, los problemas del señor en una mítica promesa. ¡Señor! ¡Señor! Pensando en la cuesta del muelle, se sentía mareado, liviado y asustado. Temblaba el piso, se vencían las plumas, y todo se viraba en un profundo sueño, en almas de tendidas gasas, en carnes casi crueles que los esperaban hasta el límite de los cielos.
Cap.68 (Keren Villalobos 7-1)
Apenas él le amaba el poema, a ella se le ocupaba el ciclismo y caían en murmullos, en salvajes andamios, en sustos desesperantes. Cada vez que él procuraba remar las excusas, se enredaban en un privado quejumbroso y tenía que ilusionarse de cara al novato, sintiendo cómo poco a poco las ardillas se amontonaban, se iban apelotando, desesperando, hasta quedar tendido como el gato de agonía al que se le han dejado caer unas figuras de conciencia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se torturaba los regalos, consintiendo en que él aproximara suavemente su ingenio, apenas se entrepiernaban, algo se movía, de pronto era el garañón, las furiosas convulsionantes de las matriarcas, la arrogante lluvia del orgullo, los proverbios del espasmo en una mítica pausa. ¡Enojé! ¡Enojé! Pasados en la cresta del Rogelio, se sentía el amar, pepinos y rulos. Temblaba el reloj, se vencían las plumas, y todo se olvidaba en un profundo índice, en las llamas escondidas grasas, en las vigilias casi crueles que los peinaban hasta el límite de las astucias.
Cap.68 (Cristina Hidalgo Mora 7-1)
Apenas él le narraba el poema, a ella se le golpeba el cabello y caían en ansias, en salvajes ambientes, en suspiros desesperantes. Cada vez que él procuraba levantar las miradas, se enredaban en un pensamiento nervioso y tenía que voltearse de cara al fatuo, sintiendo cómo poco a poco las angustias se engañaban, se iban reduciendo, reconociendo, hasta quedar tendido como el miramiento de corazón al que se le han dejado caer unas filas de carisma. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se concentraba en los huertos, consintiendo en que él aproximara suavemente su boca. Apenas se entrelazaban, algo como un suspiro los encendía, los estrechaba y perfumaba. De pronto era el sueño, las gracias convincentes de las misteriosas, la desesperante desembocadura del orgullo, los sueños del sarcasmo en una lejana pausa ¡Amor! ¡Amor! Juntos en la cresta del cielo, se sentía palpitar, caricias y abrazos. Temblaba el cielo, se vencían las amarguras, y todo se resolvía en un profundo cariño, en mares de grandes pensamientos, en caricias casi crueles que los enterraban hasta el límite de las locuras.
Cap.68 (Nandayure Carbonell Torrealba 7-2)
Apenas él le hablaba el maría, a ella se le agolpaba el pecho y caían en depresión, en salvajes emociones, en sentimientos desesperantes. Cada vez que él procuraba arreglar las cosas, se enredaba en un abismo sin fondo y tenía que superarlo de caída a levantada, sintiendo cómo poco a poco las situaciones se empeoraban, se iban atropellando, matando, hasta quedar tendido como el piso de casa al que se le han dejado caer unas semillas de desprecio. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se arrancaba los pensamientos, consintiendo en que él aproximara suavemente su alma. Apenas se entrelazaban, algo como un holocausto los separaba, los fastidiaba y exaltaba, de pronto era el clima, las hojas de las plantas, la extenunate armonía del viento, los animales del bosque en una desentonación desesperante. ¡Odio! ¡Odio! Enojados en la esquina del cuarto, se sentía deformidad, inquietud y todo se alumbraba en un profundo murmullo, en cascadas de largos pétalos, en lágrimas casi crueles que los asfixiaban hasta el límite de las montañas.
Cap. 68 (Valeria Villalobos Ramírez 7-3)
Apenas él le dedicaba el poema, a ella se le cantraía el corazón y caían en lágrimas, en salvajes llantos, en suspiros desesperantes. Cada vez que él procuraba decirle las palabras, se enredaba en un gemido quejumbroso y tenía que evolucionarse de cara al hombre, sintiendo cómo poco a poco las palabras se acumulaban, se iban apelotando, perdiendo hasta quedar tendido como el trapecio de narnia al que se le han dejado caer unas lágrimas de tristeza. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se torturaba los galillos, consintiendo en que él aproximara suavemente sus felinos. Apenas se abrazaban, algo como un unicornio los incrustaba, los exasperaba y movía, de pronto era el simplón, las mariposas convocantes de las materias, la brillante lluvia del bosque, los premios del emrcado en una raquítica menopausia. ¡Dios! ¡Dios! reposados en la cresta del muro, se sentía un palomar, felinos y mariscos. Temblaba el planeta, se veían las mariposas con plumas, y todo se resolvía en un profundo príncipe, en lo más auténtico de las garras, en caricias casi crueles que los detenían hasta el límite de las gaviotas.
Cap.68 (Galatea Cascante Rodríguez 7-3)
Apenas él le leía el poema, a ella le latía más el corazón y caían en flores, en salvajes torbellinos, en lugares exasperantes. Cada vez que él procuraba relajar las medusas, se enredaba en un nido quejumbroso y tenía que evolucionarse de cara al novio, sintiendo cómo poco a poco las ardillas se revolcaban, se iban escondiendo, arrepintiendo, hasta quedar tendido como la tristeza de los campos a la que se le han dejado caer unas gotas de hortensia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado a ella se le alegraba el corazón, consintiendo en que él aproximara suavemente sus oréganos. Apenas se entrecortaban, algo como un unicornio los empujaba, los estrujaba y parasitaba, de pronto era el clima, la tormenta deambulante de los mares, la relajante lluvia del cielo, las aves en los árboles de un intenso agotamiento. ¡Auu! ¡Auu! Recostados en la punta de la montaña se sentía el ronronear, felinos y caninos. Temblaba el suelo, se vencían las mariposas, y todo se resolvía en un profundo silencio, en huellas de animales gigantes, en cortinas casi crueles que los ahorcaban hasta el límite de las salidas.
Cap.68 (Vladimir Cubillo Cantillo 7-1)
Apenas él le abrazaba el cabello, a ella se le agolpaba el tendón y caían en tristezas, en salvajes miedos, en sustos desesperantes. Cada vez que él procuraba reclamar las felicidades, se enredaba en un bolso de quejas y tenía que evolucionarse de cara al dolor, sintiendo cómo poco a poco las canillas se arrugaban, se iba envejeciendo, aburriéndose, hasta quedar tendido como el viejo en agonía al que se le han dejado caer unas pastillas de mejoramiento. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se torturaba los sufrimientos consintiendo en que él suavemente agarrara su dolor. Apenas se compartían, algo como un unicornio los veía, los extralimitaba y movía, de pronto era el tornado, las búsquedas de la fuerza, el jade los cubría de tornados, los bichos de la metamorfosis en una sobrehumana pausa. ¡Venid! ¡Venid! Gritando en la cresta de la montaña, se sentía el pálpito furioso y maduro. Temblaba el corazón, se sentían las mario-voladoras, y todo se resolvía en un profundo dormir, en una llama de ardientes gasas, en creces casi crueles que los apenaban hasta el límite de las olas.
Cap.68 (Kiré Campos Delgado)
Apenas él le derramaba el emblema, a ella le golpeaba el eclipse y caían en furias, en salvajes demonios, en susurros desesperantes... Se enredaba en un giro quejumbroso y tenía que evolucionarse de cara al olvidado, sintiendo cómo poco a poco las amígdalas se esponjaban, se iban apretando, retorciendo, hasta quedar tendido como el climático de narnia al que se le han dejado caer unas estéticas de capricornio. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se torturaba los gritos, consintiendo en que él aproximara suavemente su oráculo. Apenas se entre buscaban, algo como insomnio los encabronaba, los exprimía y los movía, de pronto era el ciclón, las musas convocantes de las magias, la estresante dentadura del elefante. ¡Voy! ¡Voy! Esposados en la cresta del muelle, felinos y pulpos. Temblaba el reloj, se vencían las olvidadas, y todo se miraba en un profundo lince, en miradas de argumentos-gasas, en cariños casi crueles que los ordenaban hasta el límite de la abusa.
Cap. 68 (Mariana Cascante Villalobos 7-1)
Apenas él le comentaba el poema, a ella se le reclamaba el dolor y caían en furias, en salvajes demonios, en asustados aspirantes. Cada vez que él procuraba respirar las instintivas, se enredaba en un rizado quejumbroso y tenía que borrarse de cara al novato, sintiendo cómo poco a poco las canillas se desesperaban, se iban juntando, reduciendo, hasta quedar tendido como el malcriado de manía al que se le han dejado caer unas mulas de concha. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se torturaba los humanos, consintiendo en que él aproximara suavemente sus estudios. Apenas se encontraban, algo como un unicornio los acosaba, los asustaba y recibía. De pronto era el clima, los estresaba el amante de las métricas, la jadeante embarazada del órgano, los esposos del mercado en una lindísima casa. ¡Ayudé! ¡Ayudé! Esposados en la cresta del mundo, se sentía derramar, perlas y malos. Temblaba el tronco, se vencían las mariposas, y todo se resolvía en un profundo pinché, en lasagnas de tendidas gasas, en caricias casi crueles que los cuestionaban hasta el límite de los ganchos.
Cap.68 (Juan Diego Cortés Calderón 7-1)
Apenas él le amaba el teorema, a ella se le agolpaba el árido y caían en calumnias, en salvajes jolgorios, en pausados inexplicables. Cada vez que él procuraba reclamar las gamusas, se enredaba en un desesperado quejumbroso y tenía que solucionarse de cara al ébano, sintiendo cómo poco a poco las ganillas se embadurnaban, se iban parando, reprimiendo, hasta quedar tendido como el ansiado de marina al que se le han dejado caer unas píldoras de cara roncha. y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se torturaba los sudarios, consintiendo en que él aproximara suavemente sus canguros. Apenas se saludaban, algo como un emporio los impresionaba, los hiperventilaba y removía. De pronto era el bastión, las mujeres furiosas, las convulsionantes de las mímicas, la jadeante en boca de lluvia del orgullo, los bohemios del espasmo en una jurídica pausa. ¡Divisé! ¡Divisé! Ensuciados en la cresta del helio, se sentía plasmar, felinos y váculos. Temblaba el croac, se vencían las ataduras, y todo se respiraba en un profundo príncipe, en jornadas de extendidas gasas, en caricias casi crueles que los ordenaban hasta el límite de las cunas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)